Abstracts
Resumen
Después de más de treinta años de exilio, la narradora, ensayista y periodista catalana Teresa Pàmies (Balaguer, Lérida, 1919 – Granada, 2012) llegó a Barcelona en 1971, gracias a la obtención del premio Josep Pla por su primer libro, Testament a Praga. A falta de otros recursos económicos, vivió del trabajo de traducir al castellano obras seleccionadas por los editores Joan Grijalbo y los hermanos Martínez Roca, con los que compartía una dilatada militancia marxista. Ello la convirtió en traductora «profesional» a lo largo de la década de los setenta, hasta que la repercusión de su obra propia le permitió devenir escritora «profesional». En siete años, de 1972 a 1978, publicó una veintena de traducciones, casi todas del inglés, de autores actuales que en sus novelas planteaban temáticas actuales y, sobre todo, de una cierta controversia social (el aborto, las drogas, los matrimonios «abiertos», vidas rebeldes…). A la par, tradujo algunos ensayos que revisitaban el pasado contemporáneo a través de protagonistas de la historia (Buffalo Bill, Hitler o Stalin). Ya fuera por los autores y los títulos escogidos, por los editores que los presentaban o por la trayectoria de la traductora, el caso es que muchos de estos best sellers toparon frontalmente con las «normas» de la censura franquista, que, en la mayoría de los casos, las autorizó tras varios trámites, informes y «revisiones» expurgadoras, incluso más allá del final de la dictadura. Por el amplio público que podía estar interesado en ellas, las traducciones de literatura «comercial» fueron estrictamente vigiladas por el régimen.
Palabras clave:
- Teresa Pàmies,
- franquismo,
- censura,
- edición,
- best sellers
Résumé
Après plus de trente ans d’exil, la narratrice, essayiste et journaliste catalane Teresa Pàmies (Balaguer, Lleida, 1919 – Grenade, 2012), à la suite de l’obtention du prix Josep Pla pour son premier livre, Testament a Praga, arrive en 1971 à Barcelone. N’ayant pas d’autres revenus, elle vit, à cette époque-là, du travail de traduction en espagnol d’ouvrages sélectionnés par les éditeurs Joan Grijalbo et les frères Martínez Roca, avec lesquels elle partageait un long militantisme marxiste. Ces circonstances ont fait de Pàmies une traductrice « professionnelle » tout au long des années soixante-dix, jusqu’à ce que le succès de son oeuvre originale lui permis de devenir une écrivaine « professionnelle ». En sept ans, de 1972 à 1978, elle publie une vingtaine de traductions, principalement de l’anglais, d’auteurs actuels qui abordaient, dans leurs romans, plusieurs questions d’actualité faisant souvent l’objet d’une certaine controverse sociale (avortement, drogues, couples « ouverts », vies rebelles…). Pàmies traduit également quelques essais sur le passé contemporain à travers des personnages clés de l’histoire (Buffalo Bill, Hitler ou Staline). Une grande partie de ces best-sellers ont souffert les « normes » de la censure franquiste : que ce soit en raison des auteurs et des titres choisis, des éditeurs qui les proposaient, ou bien du parcours de sa traductrice. Dans la plupart des cas, la censure autorisait ces traductions après de nombreuses démarches, rapports et « révisions » expurgatoires, et ceci même au-delà de la fin de la dictature. Compte tenu du grand public qui pourrait s’y intéresser, les traductions de littérature « commerciale » ont été strictement surveillées par le régime.
Mots-clés :
- Teresa Pàmies,
- franquisme,
- censure,
- édition,
- best-sellers
Abstract
In 1971, after more than thirty years in exile, Catalan narrative writer, essayist and journalist, Teresa Pàmies (Balaguer, Lleida, 1919 – Granada, 2012) arrived in Barcelona, thanks to having been awarded the Josep Pla Prize for her first book, Testament a Praga. With no other financial resources available, she made a living translating into Spanish books selected by the Joan Grijalbo publishers and the Martínez Roca brothers, with whom she shared her strong Marxist activism. She became a “professional” translator during the 1970s until the repercussions of her own writing enabled her to become a “professional” writer. In just six years, from 1972 to 1978, she published around twenty translations, almost all from English, by contemporary authors writing about current topics, particularly those that were considered rather controversial at the time (abortion, drugs, ‘open’ marriages, rebellious lives, and so on). She also translated some essays which revisited the recent past through historical figures such as Buffalo Bill, Hitler and Stalin. Whether it was because of the authors and titles selected, the publishers that marketed them or the author’s own career, many of these best-sellers came up against the “rules” of censorship under Franco. In most cases they were authorised only after a series of reports, red tape and expurgatory “revisions,” even after the dictatorship had ended. Because of their potentially broad readership translation of “commercial” literature was strictly controlled by the regime.
Keywords:
- Teresa Pàmies,
- Francoism,
- censorship,
- publishing,
- best sellers
Article body
1. Introducción
A lo largo de los casi cuarenta años de dictadura franquista (1939-1975), la censura institucional establecida por el régimen examinó con sumo esmero los productos culturales provenientes del extranjero. Este fue el caso de los libros traducidos, vigilados, por un lado, por ser vehículos de «modernización» ideológica y estética y, por otro, de vigorización de las llamadas «otras» lenguas de España (catalán, gallego y vasco). Así, partiendo de la constatación de que «we can use the wide availability of and free access to translations in any society as a clear, determinative sign of vigorous, uncensored freedom of communication» (Grossman 2010: 52), nos proponemos estudiar las relaciones entre traducción y censura en una época y un lugar de falta de libertad, en un sistema literario muy suspicaz ante la experiencia de lo ajeno, ante lo que Antonine Berman llamó –en un título ya célebre– L’épreuve de l’étranger (1984).
En este artículo analizamos los principios y el funcionamiento de la censura en la década de los setenta, antes y después de la muerte de Franco, respecto a las traducciones de obras comerciales de actualidad candente destinadas a un público amplio y variado. Este análisis se lleva a cabo a partir del corpus de la veintena de traducciones que la escritora marxista Teresa Pàmies realizó para las editoriales Grijalbo y Martínez Roca. Hasta ahora, los estudios de traducción y censura franquista han fijado más la atención en el comportamiento de ésta respecto al canon literario y a las editoriales manifiestamente contrarias a la dictadura[1], y ha despertado menos interés el tratamiento del sistema censor de la literatura popular[2].
Después de unos sucintos antecedentes sobre la trayectoria de Teresa Pàmies como militante comunista durante la Guerra Civil y su largo exilio por distintos países, presentamos las circunstancias que hicieron posible su dedicación a la traducción, cómo la censura recibió y valoró sus traducciones (a partir de los expedientes de las obras conservados en el Archivo General de la Administración, en Alcalá de Henares) y, finalmente, escrutamos los informes de lectura del ensayo Matrimonio abierto (1974), de Nena & George O’Neill, como caso revelador de las disonancias de un régimen político en crisis –que juzgaba todavía según qué traducciones como «peligrosas» para su pervivencia– y, también, como exponente del papel de la traducción en la edificación de un imaginario cultural colectivo (Gentzler 2017: 5) o, en suma, de «la historia como constructo cultural y lingüístico» (Vidal Claramonte 2018: 126).
2. Antecedentes
El 6 de enero de 1971 Teresa Pàmies ganó el premio Josep Pla de literatura catalana por Testament a Praga, libro escrito conjuntamente con su padre, Tomàs Pàmies (Pàmies 1971). Ella entonces vivía en París, después de tres décadas de exilio por diversos lugares de Francia, Santo Domingo, México, Belgrado y Praga. Militaba políticamente desde que tenía uso de razón, al lado de su padre, que, después de enrolarse en diferentes organizaciones, en julio de 1936, recién desencadenada la Guerra Civil y recién fundado el Partit Socialista Unificat de Catalunya (PSUC), se afilió a él. Paralelamente, la hija se afilió a la rama juvenil, las Joventuts Socialistes Unificades de Catalunya (JSUC). Poco después se convirtió en secretaria femenina del consejo ejecutivo y dejó su Balaguer natal (en la provincia de Lérida) y se trasladó a Barcelona, al Hotel Colón, sede apropiada del organismo. Vivió allí toda la guerra y, entre los diecisiete y diecinueve años, llevó a cabo una actividad frenética: dirigió la revista Juliol, impulsó la Aliança Nacional de la Dona Jove, intervino en incontables mítines, asistió al II Congreso Mundial de la Juventud celebrado en Nueva York, etc. (Pàmies 1974a).
Con la entrada de las tropas franquistas en Barcelona, el 26 de enero de 1939, emprendió el camino de la expatriación. En París fue detenida por repartir propaganda ilegal y fue encarcelada en la prisión de la Roquette. Consiguió salir al cabo de tres meses a cambio de abandonar el país inmediatamente. En diciembre de 1939 atracaba en Santo Domingo, entonces Ciudad Trujillo, bajo la dictadura del general Rafael Leónidas Trujillo. Pasó por Cuba hasta llegar a México. Allí aprendió inglés y francés por su cuenta y entró en la primera promoción de periodismo de la Universidad Femenina de México (UFM) (Pàmies 1975b). En el orden personal, su vida cambió: emparejada con el excomisario madrileño Félix Barriga García, tuvieron su primer hijo, Tomàs, en septiembre de 1946.
Tres meses después la familia volvió a Europa, a Belgrado, capital de la Yugoslavia socialista de Tito. Ella entró a formar parte del equipo de lengua española de Radio Belgrado. A causa de la ruptura entre Tito y Stalin, en octubre de 1948 debieron de mudarse de nuevo y emigraron a Praga (Pàmies 1975a). Pàmies retomó el trabajo de periodista en Radio Praga, como locutora-redactora en la programación en castellano (Pàmies 1987). En los once años que vivió en la ciudad tuvo una hija y un hijo, Carme y Pau, con Félix Barriga, y otro, Antoni, con su prometido de la guerra y compañero para siempre, el dirigente del PSUC Gregorio López Raimundo.
En 1959 se desplazaron a París, donde vivieron doce años y donde nació el menor de todos, Sergi (hoy, el escritor Sergi Pàmies). Dado que oficialmente era madre soltera y expatriada, sin estudios acreditados, se ganó la vida despachando en una tienda de deportes, cosiendo, planchando, limpiando… (Pàmies 1975a). Cooperaba con Radio España Independiente –«La Pirenaica»– (Pàmies 2007) y en publicaciones del partido como Nous Horitzons, Nuestra Bandera y Treball. En París empezó a escribir narraciones y novelas y envió algunas de ellas a distintos premios. No ganó ninguno hasta 1971, con Testament a Praga (Julià 2020).
3. Teresa Pàmies, traductora «profesional»
Su existencia se trastocó en enero de este año, 1971, al obtener el premio Josep Pla por Testament a Praga y una cantidad de dinero —200.000 pesetas— que, descontada la mitad para el partido, le permitía emprender el retorno al Estado español con garantías económicas. Medio año después, en julio, una parte de la familia ya estaba en Barcelona, con la intención de quedarse. Teresa Pàmies tenía entonces cincuenta y un años (Bacardí 2017).
En los primeros tiempos trabajó a destajo, escribiendo y traduciendo: en ocho años, de 1972 a 1979, a parte de las incontables colaboraciones en prensa, publicó una quincena de obras originales (novelas, ensayos, crónicas, biografías…) y firmó la traducción de una veintena de libros. Estos traslados fueron del inglés al castellano –ocasionalmente, del catalán al castellano– y para dos editoriales concretas: Grijalbo y Martínez Roca.
Joan Grijalbo (1911-2002), militante del PSUC, durante la guerra ocupó el cargo de delegado de la Generalitat de Catalunya en la Cámara del Libro de Barcelona. Después se exilió a México, donde trabajó en la editorial Atlante, financiada por Juan Negrín. En 1949 creó su propia empresa, la Editorial Grijalbo, centrada en la publicación de narrativa, historia y ensayo. A su regresó a Barcelona, en 1965, y haciendo gala de «un agudo sentido comercial» (Martínez Martín 2015: 369), continuó en la misma línea y ampliando la red de filiales por distintos países hispanoamericanos. Su catálogo combinó los libros izquierdistas –de fondo marxista– con los best sellers estadounidenses, siempre en «un percentatge molt crescut de traduccions» [‘un elevado porcentaje de traducciones’] (Llanas 2006: 250), prácticamente sin «autores nacionales» (Moret 2002: 167). En México contó con traductores catalanes exiliados, como Agustí Bartra y Anna Murià, y ya en Barcelona, fidelizó su colaboración y la extendió a otros recién llegados, como Teresa Pàmies, y a intelectuales progresistas de muy diverso signo, como Mireia Bofill, Guillem Gayà, Josep Laín, Antoni Ribera o Manuel Sacristán. Con motivo del fallecimiento de Grijalbo, Teresa Pàmies, agradecida por la faena proporcionada en tiempos difíciles, le reconocía el mérito «d’haver editat més de tres mil títols de la literatura universal i del pensament contemporani, de Karl Marx a Lukács, passant per Rosa Luxemburg i Engels» [‘de haber editado más de tres mil títulos de la literatura universal y del pensamiento contemporáneo, de Karl Marx a Lukács, pasando por Rosa Luxemburgo y Engels’] (Pàmies 2003: 194).
Por su parte, la editorial Martínez Roca surgió de una escisión de Grijalbo. Fue fundada en Barcelona en 1965 por los hermanos Francisco Martínez Roca (1923-1998), quien en 1958 había creado en la ciudad una delegación de Grijalbo, y por Manuel Martínez Roca (1920-2005), quien, exiliado, había trabajado de gerente de Grijalbo en México. Su catálogo se ensanchó enseguida hacia productos y materias muy diversos: enciclopedias, colecciones divulgativas, manuales, ciencias ocultas, pensamiento, historia, narrativa (histórica, sentimental, negra, de ciencia-ficción, de terror, juvenil…). Destacó por su carácter misceláneo, «protagonitzat per les traduccions» [‘protagonizado por las traducciones’] (Llanas 2006: 108), como en el caso de Grijalbo, con quien a menudo compartía los traductores: Jordi Arbonès, Agustí Bartra, Mireia Bofill, Guillem Gayà, Anna Murià, Antoni Ribera o Teresa Pàmies. Algunos títulos de la editorial se convirtieron en éxitos sin precedentes, como el anónimo Pregúntale a Alicia (1972), traducido por Pàmies, con un millón y medio de ejemplares vendidos (Llanas 2006: 109).
Así pues, ambos sellos editoriales apostaron por los best sellers y contribuyeron decisivamente a ponerlos en boga en el mercado en lengua castellana de los años setenta, ávido de lecturas nuevas, actuales y transgresoras. Por su lado, Teresa Pàmies tenía que ganarse la vida. Mientras se hacía un nombre como periodista y escritora, reescribía libros ajenos. Eran encargos de empresas amigas que procuraba cumplir cuanto antes mejor. Ella no los escogía, o a lo sumo los escogía entre un par de opciones urgentes, aunque algunas veces se avenían con sus intereses políticos, como en los casos de Mi vida de rebelde, de Angélica Balabanov, o Stalin. Historia de un dictador, de H. Montgomery Hide. La mayoría eran productos más o menos prefabricados, publicados recientemente en inglés, de autores circunstanciales, que respondían a temáticas candentes: espionajes y contraespionajes en plena guerra fría, las vorágines de los mercados financieros, la marginalidad urbana, las redes de la mafia, conflictos generacionales, la drogadicción, el despertar de la sexualidad, la homosexualidad, las relaciones abiertas, el aborto… Obedecían, en suma, a las leyes propias del best seller: obras «de entretenimiento, escritas sin pretensiones literarias, pero con la intención clara de hacer pasar un buen rato al lector y atrapar su atención desde el primer momento» (Vila-Sanjuán 2003: 459). Prácticamente todas superaban las trescientas páginas y, algunas, las quinientas. Cuantas más, más ganancia para la traductora.
Teresa Pàmies sólo encabezó uno de estos traslados con un prólogo propio: la autobiografía de Angélica Balabanov. Además de presentar a la aristócrata enrolada en el socialismo internacionalista, dirigente colaboradora de Lenin y primera secretaria de la III Internacional Comunista, al valorar su relato memorativo, Pàmies emitía algunos juicios que podrían extrapolarse a su propio sentir político y que, por un lado, revelan cierta identificación con la autora y, por otro, la «redimen» de su deserción partidista: «una lección sobre la contradicción inherente al compromiso individual con una causa colectiva» (Pàmies 1974b: 13); o bien, a modo de conclusión: «No ha sido una renegada, sino una militante extraordinaria que se quedó a mitad del camino y que, incluso así, se aferra al ideal porque no le ha quedado otra cosa. No es poco.» (Pàmies 1974b: 15).
Fuera de este marco de traducciones provenientes del inglés de éxitos internacionales, hay que situar sus autotraducciones desde el catalán, para distintas editoriales, de Testamento en Praga (1972), Memoria de los muertos (1981) y Vacaciones aragonesas (1981) y, de esta misma lengua, Andorra: cadena de evasión (1942-1944) (1974), del activista y político Francesc Viadiu Vendrell, para la editorial Martínez Roca. Por quedar al margen del alcance de nuestros propósitos, dejamos de lado el tratamiento de la censura en estas (auto)versiones de Pàmies y nos centramos en sus dieciocho traducciones del inglés al castellano de obras de éxito comercial que publicó entre 1972 y 1978 por encargo de Grijalbo y de Martínez Roca, encuadradas en las colecciones «Best Sellers», «Best Sellers de la Juventud», «Biografías Gandesa», «Fontana Joven», «Historia Contemporánea», «Nueva Fontana», «Perfiles Ibéricos» y «Vivido».
Cabe reparar que coincidieron con años de movilizaciones y de cambios trascendentes en la política española. Entre otros hechos relevantes, se produjo la muerte en atentado del almirante y presidente del gobierno Luis Carrero Blanco (20 de diciembre de 1973), la ejecución del joven anarquista Salvador Puig Antich (2 de marzo de 1974), el fusilamiento de cinco militantes de ETA y del FRAP[3] (27 de setiembre de 1975), la muerte de Francisco Franco (20 de noviembre de 1975), la restauración de la monarquía (22 de noviembre de 1975), la celebración de las primeras elecciones (15 de junio de 1977) y la proclamación de la constitución (27 de diciembre de 1978). La censura, en parte, siguió el compás de esta agitación y, en parte, se mantuvo ajena a ella (Abellán 1987).
4. La recepción y crítica censorias
Cuando Teresa Pàmies regresó a Barcelona tras más de treinta años de exilio, en 1971, era conocida por sus actividades políticas durante la guerra y por sus colaboraciones periodísticas posteriores; es decir, por su militancia comunista. Al cabo de pocos meses de llegar, sus editores empezaron a presentar a «consulta voluntaria» (los originales) o a «depósito previo» (seis ejemplares ya impresos) al Ministerio de Información y Turismo (MIT) –según la Ley de Prensa e Imprenta, promulgada el 18 de marzo de 1966– los numerosos libros de diversos géneros, de base testimonial, que iba terminando a un ritmo frenético. Los «lectores» –eufemismo con que se designaba a los censores– pronto adivinaron su ideario y examinaron sus obras con suma atención y prevenciones. Así, en sus informes, no resulta nada extraño encontrar comentarios referidos a la trayectoria política de la escritora. Por ejemplo, ante Quan érem refugiats (1975), afirmaban que «en esta obra la autora no se muestra tan evidente propagandista de su comunismo militante»;[4] el mismo censor, frente a Gent del meu exili (1975), sostenía que «como es lógico, tratándose, como se trata, de una afiliada al Partido Socialista Unificado de Cataluña, sector político del Partido Comunista, en esta obra no podían faltar los recuerdos de ese partido»;[5] o, en Romanticismo militante (1976), el anónimo censor anteponía a su veredicto estas palabras: «Pamies, conocida republicana socialista por su actuación política en Cataluña y sus escritos…».[6] Sus obras originales y sus traducciones se convirtieron en un quebradero de cabeza para el sistema censor, como lo fueron las de Maria Aurèlia Capmany, Fèlix Cucurull, Josep M. Espinàs, Manuel de Pedrolo, Estanislau Torres o Guillem Viladot, por citar sólo algunos escritores catalanes coetáneos que vieron muy entorpecida la publicación de su extensa producción (Torres 1995; Hout-Huijben 2015).
En su caso, estaba dispuesta a «negociar» con la censura, a rebajar sus planteamientos ideológicos –no a desvirtuarlos– y a amortiguar el lenguaje utilizado en pro de la difusión de sus obras y, en última instancia, en pro de la concordia de las dos Españas, tal como escribía a Ricardo de la Cierva, director general de Cultura Popular, el 22 de mayo de 1974, a propósito de la denegación de su libro Los que se fueron (1976):[7]
La España que se fue no es el único manuscrito «desaconsejado». Hoy me limito a solicitar fuego verde para La España que se fue porque estoy convencida de que encaja perfectamente en esa línea de recuperación de los exiliados que usted se ha marcado y que corresponde a una necesidad de nuestro país. Si el permiso exigiera la supresión de algunas frases o conceptos, estoy dispuesta a considerar las propuestas que se me hagan al respecto.
No creo que a Ud. le extrañe ni le escandalice mi insistencia. Soy una de las españolas del éxodo que, durante años y años, llamó a las puertas de los consulados de mi país hasta obtener el pasaporte español que me permitiera volver y quedarme. Aquí estoy. Por lo que hasta ahora me han publicado le consta que no he vuelto con ánimo revanchista ni con turbios propósitos. Así lo han comprendido miles de lectores de Testament a Praga, Va ploure tot el dia y Quan érem capitans. La publicación de estos libros ha hecho un bien enorme, no solo a los que hemos vuelto, sino a quienes han tenido la audacia y la inteligencia de dejarlos publicar. Cuando existe esta confianza en la apertura, es que no hay temor a afrontar serenamente la historia.
A la convivencia dinámica y creadora de los españoles no le interesa que la España que se fue regrese de rodillas o muda, a una patria remozada y rebosante de vitalidad, que puede permitirse, no solo recibir al hijo pródigo, sino hacerle un sitio en la obra que ha de ser de todos y para todos, fundamentalmente para nuestros hijos. Y yo me he traído también a los hijos, señor de la Cierva.
Pàmies 2021: 66-67
Uno de los primeros estudiosos de la censura, Manuel Abellán, a partir del examen de un gran número de expedientes, estableció una serie de parámetros por los cuales se rigió esta maquinaria de control del libro durante cuarenta años:
criterios implícitos y explícitos del índice romano;
crítica a la ideología o práctica del régimen;
moralidad pública;
choque con los supuestos de la historiografía nacionalista;
crítica del orden civil;
apología de ideologías no autoritarias o marxistas;
en principio, prohibición de cualquier obra de autor hostil al régimen (Abellán 1980: 112)
Simplificando, fijaban su atención, por un lado, en el lenguaje utilizado en la obra evaluada (advertían que no fuera chabacano, grosero, escatológico, soez, ofensivo, insultante…) y, por otro lado, en las temáticas y las ideas expuestas, donde observaban especialmente si atacaban la política, la religión y la moral imperantes. El primer aspecto se detectaba a primera vista y era relativamente fácil de enmendar señalando las líneas, los párrafos o las páginas en que era presente. El segundo podía ser más discutible, tal como se pone de manifiesto en los informes contradictorios que a menudo se redactaban de una misma obra.
Naturalmente, el bagaje y la personalidad de los autores pesaba mucho y condicionaba la tramitación de sus obras en la censura (Larraz 2014; Foguet y Feldman 2016). También pesaba el recorrido de las editoriales, que el aparato censor tenía perfectamente definidas y clasificadas según si las consideraba más o menos «disidentes», «subversivas» o, en su propia terminología, «conflictivas» (Rojas Claros 2013: 238-239). A pesar de la trayectoria marxista de sus fundadores y de su retorno del exilio, no entraban exactamente en esta categoría Grijalbo ni Martínez Roca, que, con sus publicaciones, no pretendían cuestionar el régimen de un modo explícito. En consecuencia, dispusieron de un número identificativo en el Registro de Empresas Editoriales, una estratagema político-administrativa para practicar «un chantaje contra las editoriales contestatarias», «que se veían obligadas a la consulta “voluntaria” y a practicar la autocensura» (Muñoz Soro 2008: 121) si la administración no les concedía dicho número.
En las traducciones que Teresa Pàmies realizó para Grijalbo y Martínez Roca, los censores, que habitualmente leían primero las obras en las lenguas originales, reiteradamente solicitaron revisar las versiones finales castellanas, por temor de que la intérprete se excediera en sus atribuciones lingüísticas e introdujera palabras, expresiones o incluso conceptos «inconvenientes» o «malsonantes», que significaran un recrudecimiento de palabras, expresiones y conceptos ya de por si discutibles. Este fue el caso de No me pregunten si amo, de Amos Kollek, en que Alfonso Álvarez Villar observaba: «Tiene escenas “fuertes” que abundan a lo largo de la obra pero están tratadas con delicadeza. Hay que vigilar la traducción de ciertos términos como “broad”, “bastard”, “son of a bitch” etc. Por eso es recomendable que nos envíe la traducción.»[8] En Stalin. La historia de un dictador, de H. Montgomery Hyde, los recelos del censor Martos eran aún más evidentes: «Se considera AUTORIZABLE, aunque quizá fuera mejor pedir la traducción, ya que en ella pueden deslizarse frases traducidas con distinta orientación que la que tiene el original.»[9]
La preocupación por la «aceptabilidad» (Toury 1995: 57) del lenguaje fue uno de los pilares consubstanciales del control del régimen sobre cualquier texto impreso, lo que obligó a desvirtuar el registro y el estilo particulares de muchos autores, acudiendo sobre todo a eufemismos y a circunloquios, a veces hasta la «desnaturalització» [‘desnaturalización’] (Arbonès 1995: 92). Sobre El profesor, de Jack Lynn, se avisaba: «Abundan los tacos y expresiones bajas: la marcada en la pág. 235 debe ser suprimida y las numerosas otras suavizadas en la traducción.»[10] Este afán de homogeneización se incrementaba aún más cuando se trataba de libros de grandes tirajes declarados. En el caso de las traducciones de Pàmies, oscilaban desde los 4.000 y 8.000 para los más reducidos, 10.000 para Viaje de retorno de Florris Fisher, 15.000 para Pregúntale a Alicia y Un caso perdido de de Lloyds Knoff, 20.000 para Motín en el reformatorio de Jack Thomas, 25.000 para Un aborto para Mía de Gunnel Beckman, hasta llegar a 36.000 para No me preguntes si amo de Amos Kollek. Se trataba, en suma, de obras que llegaban a un público potencial muy extenso.
El informe de Un aborto para Mía, de 1978, evidenciaba la relación entre materia abordada y difusión: «Técnicamente el libro es impugnable. Dejémonos de distingos y sutilezas. Impugnable porque incita al delito. Impugnable porque se dirige a la juventud temprana. Impugnable porque tira 25.000 ejemplares. Aparece dentro de la colección más innoble de las dedicadas a la juventud: Best sellers de la Juventud. Toda ella dirigida hacia el sexo irresponsable.»[11] Otra cosa hubiera sido que este alegato a favor del aborto –ilegal en el país, en cualquier condición, en el momento– hubiera sido impreso en una editorial y colección de culto, de propagación discreta. En la década de los setenta, «todavía se seguía la antigua distinción entre libros de minorías, de adultos en general, y ediciones populares» (Rojas Claros 2013: 236). Para los primeros había una tolerancia que nunca existió para los segundos. Así pues, no todas las obras narrativas de «entretenimiento» se beneficiaron de una «mayor relajación de la actividad censoria» (Camus y Gómez Castro 2008: 261) a partir de 1975. En realidad, «la mera publicación de un texto no entrañaba tanto riesgo como su difusión masiva entre el gran público, favorecida por una amplia tirada y un precio reducido» (Martínez Martín 2015: 78).
No hace falta decir que la sexualidad y cualquier forma de erotismo y pornografía fueron perseguidas, a veces hasta el paroxismo y el ridículo, por los guardianes civiles de la moralidad en que se convirtieron los trabajadores del aparato censor. Algunos de los libros que tradujo Teresa Pàmies iban bien proveídos de este ingrediente, en plena efervescencia occidental liberadora y en plena moda interna del «destape». Insospechadamente, en alguna ocasión la «culpa» se repartía entre el autor y la traductora, como en el caso de El contrato, de Allan Prior:
Aunque la novela, en principio, pretende ser más trascendente y contiene pasajes donde eso se apunta, todo se queda, como incentivo, en las crudas descripciones eróticas que rebasan el límite. Una pésima traducción agrava las cosas…
Aparte de la grosería de algunas palabras (el vocablo “mierda” llena casi todas las páginas) hay que suprimir absolutamente las expresiones o párrafos referentes a pornografía en las páginas 31, 43, 44, 48, 92, 97, 110, 125, 159, 160, 166, 170, 171, 185, 195, 196, 202, 210, 214, 216, 220, 233, 239, 245, 246, 247, 250, 259 y 318; en ellas se incluyen otras inconveniencias.[12]
En términos políticos, tampoco hace falta insistir en las filias y fobias del régimen. Pàmies trasladó algunas obras de carácter histórico; en concreto, obras que abordaban distintas vertientes del comunismo, aunque desde miradas críticas, que complacían al gobierno y que, a su parecer –y por pura contraposición–, lo fortalecían. Ante este tipo de interpretaciones del pasado reciente, los «lectores» no escatimaban elogios, como en el informe de Stalin. La historia de un dictador, de H. Montgomery Hyde, en el que se subrayaba la «objetividad» del autor: «Magnífica biografía de Stalin, completísima, escrita en estilo muy ameno, con mucha anécdota y transcripción de conversaciones. Tiene además la virtud de no ser parcial, es decir, de no estar dedicada a exaltar la figura de Stalin. Lo pinta como era, poniendo de relieve sus defectos y sus errores.»[13] También merecía alabanzas Compañeros de viaje, de David Caute, a pesar de que se prevenía de las referencias a la política española, las cuales, por si acaso –y por defecto–, debían eliminarse, de acuerdo con la «sorprendente coexistencia entre tolerancia “aperturista” hacia los textos de contenido ideológico abstracto […] y rigor censorio cuando se trataba de la historia reciente o la actualidad española» (Muñoz Soro 2008: 135):
Es una obra documentadísima sobre la Historia de los llamados “compañeros de viaje” del partido comunista, en especial referida a Inglaterra, Alemania, Francia y Estados Unidos, desde los orígenes de la Revolución rusa hasta el año 1972.
La tesis de la obra es francamente anticomunista y anti-“compañeros de viaje”. Se trata de un trabajo serio, como corresponde a un profesor de Universidad. Maneja una bibliografía muy numerosa y escogida y por sus páginas desfilan cientos de personajes.
No trata de los “compañeros de viaje” en España. Las referencias a nuestro país son muy numerosas, especialmente en las páginas 169 y 173 en que tergiversa algunos conceptos, a pesar de su carácter anticomunista. Hay referencias a España en páginas 4, 6, 14, 25, 26, 46, 59, 71, 72, 118, 122, 123, 124, 134, 136, 143, 151, 153, 164, 169 a 173, 177, 178, 179, 180 (contra Millán Astray), 192, 246, 247, 312, 313, 335, 348.
En conjunto, la obra es positiva en cuanto hace una verdadera historia de los intelectuales y políticos que han colaborado más o menos abiertamente con el comunismo.
AUTORIZABLE con las tachaduras que se indican.
CONTENIDO muy interesante y RECOMENDABLE.[14]
En el informe citado de Un aborto para Mía, de 1978, se exterioriza el estupor y la impotencia de ciertos censores ante los cambios políticos, sociales, culturales… que experimentaba el país en el tardofranquismo y, sobre todo, tras la muerte del dictador. A través de los papeles que leían y vigilaban profesionalmente, presenciaban cómo los antiguos principios del Movimiento, inmutables durante tantos años, se iban deshilachando. Los embates venían de todos los frentes e, irremediablemente, los tradicionales muros de contención se agrietaban. La divulgación a gran escala de libros que abordaban asuntos de actualidad polémica cuestionaba los valores del régimen. He aquí el informe íntegro de la novela, en el que fondo y forma resultan muy reveladores de un desmoronamiento que iba más allá de las leyes y ante el cual las leyes ya casi nada podían hacer:
Lo de menos es la calidad literaria. No tiene ninguna. Estilo ramplón que pretende ser intimista. Cursiforme muchas veces. Rara mezcla de sacarina y análisis clínicos o nociones de anatomía y fisiología genitales. Un auténtico engendro.
Dicho esto, vamos a la apestosa intención del libraco: influir sobre la juventud quinceañera para inculcarles la legitimidad y conveniencia del aborto. Ver pp. 37 ss.: a modo de reflexiones personales. Ver pp. 51 ss.: el aborto es preferible al matrimonio o a la madre soltera, además es prueba de responsabilidad. Ver pp. 86 ss.: hábilmente se intercalan textos científicos y legales que lo defienden. Ver pp. 111 ss.: el propio padre —que es el bueno de la película en esa parte del libro— lo defiende con razones de gran experiencia familiar y vivencial.
Naturalmente, siempre cabe la manida coartada de que el autor —mejor: autora— no se pronuncia. Son sus personajes quienes hablan por ella. Es verdad que muchas chicas embarazadas viven horas de angustia al plantearse ese dilema, agravado por la ilegalidad, etc. Claro que no es menos cierto que en la solapa de la obra, el editor explica perfectamente su contenido y tesis.
Técnicamente el libro es impugnable. Dejémonos de distingos y sutilezas. Impugnable porque incita al delito. Impugnable porque se dirige a la juventud temprana. Impugnable porque tira 25.000 ejemplares. Aparece dentro de la colección más innoble de las dedicadas a la juventud: Best sellers de la Juventud. Toda ella dirigida hacia el sexo irresponsable. Véase mi informe sobre otro título de la misma: “Seis semanas de vida”. Colección que busca torcer el criterio —todavía inmaturo— de los chicos y chicas de entre 15 y 19 años. Porque todas sus obras, con apariencia de novela rosa, enseñan a conculcar valores muy serios. Aquí es la vida del nasciturus (al que se le tiene por nacido para cuantos efectos le fueran favorables); en aquella otra que cité, una tierna heroína de doce añitos provoca varios adulterios.
Desde el punto de vista de la práctica, y visto que otros libros semejantes no conmueven al Ministerio Fiscal, entiendo que debe dársele vía libre. Máxime cuando la ley de Prensa está en el limbo.
Pie de imprenta: correcto. Lo único correcto de esta magnífica muestra de villanía editorial y anticultura.[15]
5. Arbitrariedades y contrasentidos
Sin lugar a dudas, la traducción de Teresa Pàmies que tuvo más dificultades para ser aprobada por el arbitraje censorio fue Matrimonio abierto, de Nena & George O’Neill, publicada por Grijalbo en 1974, después de dos años de trámites. El libro puede considerarse una especie de ensayo –o quizás de manual de autoayuda– que propugna las bondades de un nuevo modelo de pareja, la llamada «pareja dinámica», basado en las relaciones libres, más allá de los compromisos legales o religiosos, escrito por el matrimonio O’Neill a partir de su propia experiencia.
La obra fue presentada en tres ocasiones –en 1972, 1973 y 1974– a «consulta voluntaria» por la editorial, siempre con el título Matrimonio sin trabas, y su consentimiento tácito –«silencio administrativo»– no llegó hasta después de cinco informes y de todo tipo de gestiones –burocráticas, políticas, personales…– por parte de los editores.
La primera vez entró a las oficinas de censura el 1 de setiembre de 1972 y el libro fue «leído e informado por los Asesores Religiosos Padres Fernández Revuelta, Eguiluz i Moran».[16] El lector número 12, Fernández Revuelta, doce días después, casi no ponía trabas para que fuera publicado: «El libro contiene muchos aspectos discutibles, otros valiosos y algunos quizá nocivos, como al exponer las ideas sobre la libertad en el sexo en las relaciones extraconyugales. Estos y otros aspectos parecen aconsejar las supresiones siguientes: págs. 4, 68, 121, 212-215, 225-226. A parte de estas tachaduras, puede ser AUTORIZADO.»[17] Otro informe, fechado el 30 de septiembre, del lector número 2, Morán, coincidía en el mismo diagnóstico y veredicto, «autorizable con tachaduras», puesto que, a pesar de algunas «posturas que no podemos admitir», «en su conjunto, el libro es, a mi modo de ver, realista, consciente, serio y lleno de sentido común».[18] Entre estos dos, un tercer informe, del lector número 43, Eguiluz, del 22 de septiembre, discrepaba de la opinión de los otros y valoraba la obra en función de un mayor puritanismo:
[…]
La obra tiene un doble aspecto: uno, de crítica de la concepción monogámica y tradicional del contrato matrimonial y, otro, de presentación del nuevo concepto de la pareja matrimonial. En el primer aspecto hay críticas, que pueden ser aceptables, pero otras son extremistas y achacables no tanto a la institución como a los individuos o al ambiente socio-cultural. En el nuevo matrimonio «sin trabas» hay igualmente aspectos aceptables o discutibles. Pero no es admisible el extremo de que la libertad o condescendencia se lleven al extremo de permitirse mutuamente otras experiencias sexuales extraconyugales. Véanse pp. 4, 13, 28, 29, 31, 68, 121, 170, 209, 212, 215, 218, 220, 225, 226.
Si la traducción está autorizada, se considera que al menos estos párrafos deben suprimirse.
Si no está autorizada la traducción, se considera
NO AUTORIZABLE.[19]
Su parecer prevaleció sobre el de los otros dos informantes y la publicación fue denegada. Pasado medio año, el 7 de marzo de 1973, Grijalbo volvió a presentar la obra a censura, con la misma tirada prevista, 5.000 ejemplares. El día antes, Eduardo Arce, en nombre de la editorial, dirigía una carta a Faustino Sánchez Marín, «Jefe del Departamento de Orientación Editorial» del MIT, en la que ponía de relieve las disimilitudes entre el original y la traducción: la segunda, eufemística, había sido planchada y pulida según los criterios y arbitrios del régimen (nunca recopilados y difundidos como tales, por otro lado); es decir, testimoniaba la autocensura que todo el sistema editorial se veía obligado a practicar, desde los mismos editores, escritores y traductores hasta los revisores y correctores, autocensura «explícita» e «implícita», «consciente» e «inconsciente» (Abellán 1982). Todo el mundo asumía que sólo así, en estas condiciones expurgatorias, podían aspirar a publicarse un gran número de obras:
[…]
Como tengo entendido que la consulta previa por parte de la dirección de la Editorial se hizo sobre el libro original en inglés, y después de haber leído detenidamente la traducción del mismo no encuentro nada que pueda afectar a la moral o a las buenas costumbres de acuerdo con el articulado de la vigente Ley de Prensa e Imprenta, es por lo que mucho le agradecería tomarla en reconsideración, teniendo en cuenta que mi interés en presentar la misma no se debe a intereses extraños que pudieran perturbar las normas del Departamento de su digna jefatura, sino a un estudio objetivo de la obra mencionada, que encuentro instructiva y aleccionadora.[20]
La evaluación de la obra fue encomendada al lector número 15, «el Padre Arias»,[21] que, el día 30 del mismo mes, redactó un extenso informe demoledor, mucho más inclemente que los anteriores, el cual sirvió para confirmar la desestimación:
[…]
El libro está escrito en Norteamérica y precisamente para los norteamericanos sometidos a la crisis matrimonial posterior a la última guerra mundial. Carece de todo principio moral y sólo busca el éxito funcional y pragmático de esa institución monogámica, a la que considera como convencional de nuestra cultura y cargada de inconvenientes (pp. 1-12, 145, 148-150). Da siempre por supuesto la plena facilidad para el divorcio (44). Exalta hasta el extremo la libertad y el individualismo de la mujer, aun en lo sexual fuera del matrimonio (118), gracias a los anticonceptivos (17, 118), por lo que defiende un matrimonio en el que tener hijos debe ser opcional (38, 46, 47, 84). Hace del matrimonio un «compañerismo abierto» (96 ss.), en el que caben otros amores (152), e incluso otras relaciones sexuales (157-158), pues también es placentero el sexo sin amor (154). Recomienda las vacaciones por separado (134), etc., etc.
Un libro así me parece absolutamente DENEGABLE, aunque no le falten algunas sugerencias que pudieran ser provechosas en Norteamérica, mucho menos en España.[22]
Hasta más de un año después, el 29 de mayo de 1974, la editorial no emprendió de nuevo las diligencias para sacar a luz Matrimonio abierto, todavía con el título Matrimonio sin trabas. En esta ocasión, se encargó de su examen el lector número 13, el juez Francisco Fernández Jardón, «un dels lectors més bregats, a qui sovint els superiors van recórrer per a poder esclarir quina havia de ser la seva posició final» [‘uno de los lectores más bregados, a quien a menudo los superiores recurrieron para poder aclarar cuál debía ser su posición final’] (Sopena 2013: 152) y, seguramente por ello, evaluador de la mayoría de las obras originales de Teresa Pàmies y de algunas de sus traducciones. Su resolución, del 14 de junio, tan argumentada como intemperada, tampoco fue para nada favorable:
Este libro, basándose en una crítica de la institución matrimonial (del matrimonio como institución) y sobre todo por considerar que tal matrimonio está ya no solamente en crisis, como demuestra la gran cantidad de divorcios (el libro es yanqui), sino periclitado, propugna para salvarlo (ya que el autor llama matrimonio, por lo visto, a la simple convivencia plena de marido y mujer, en forma de contrato) una nueva forma de éste en la que, conservando la posibilidad de disolución del vínculo, preserve cada parte su propia independencia y mantengan cada una la plena identidad personal, y psíquica, y así puedan potenciar dentro de esa convivencia su propia personalidad, sin que la menoscabe en nada la otra parte. En realidad lo que propugna realmente no es un matrimonio, en el sentido que venimos concibiendo, sino una convivencia de camaradería también sexual abierta y de confianza mutua con cierta permanencia, y en la que cada parte conserva su libertad plena, hasta la de explayarse sexualmente con otra persona.
En la exposición el autor favorece tácitamente la anticoncepción (págs. 17, 28, 46, 84, 118), no repugna la promiscuidad sexual ni el adulterio, que implícitamente justifica, y desde luego su crítica del matrimonio tradicional es un ataque pleno a la familia que con el abierto queda demolida.
Por ello estimamos que NO ES AUTORIZABLE, por cuanto atenta a los apartados V y VI de la Ley de Principios del Movimiento Nacional, desacata el art. 22 del Fuero de los Españoles, e incita a la comisión de delitos previstos y penados en los arts. 416 y 450 del Código penal.[23]
A pesar de este dictamen taxativo, que el 20 de junio conllevó el «denegado» correspondiente, un mes después, el 16 de julio, se optó por el «silencio». En realidad, el libro ya debía de estar impreso, porque entre ambas decisiones, el 4 de julio, la editorial presentó los seis ejemplares reglamentarios a «depósito», con una tirada mayor que la declarada hasta entonces: 8.000 ejemplares. En el ocaso de la dictadura, el engranaje censor no siempre contaba con suficientes mecanismos para contener una realidad política, social y cultural que se imponía por la fuerza de los hechos. Tampoco pudo luchar contra la «arbitrariedad» (Cisquella, Erviti et al. 2002: 89), la «subjectivitat» [‘subjetividad’] y la «mal·leabilitat» [‘maleabilidad’] (Estany 2021: 325) del mismo sistema. La moralidad que había defendido a capa y espada ya pertenecía, sin remedio, al pasado.
6. Colofón
A lo largo de la historia contemporánea, la traducción –junto con el periodismo y los trabajos editoriales– ha sido una de las ocupaciones más habituales de los escritores para cubrir sus necesidades económicas. Sin regulaciones de ningún tipo, basada en la confianza o complicidad de los editores, se trata de una traducción «profesional», que responde a encargos concretos –a menudo, perentorios, por ambas partes–, no sujetos a regularidad alguna y en la que la capacidad de elección o decisión del intérprete a penas cuenta: lisa y llanamente, un medio de subsistencia.
Teresa Pàmies se acogió a este quehacer recién llegada de un exilio de más de treinta años a una Barcelona que, en muchos aspectos, casi le era desconocida. Llegaba con dos hijos adolescentes, sin trabajo y, en las postrimerías del franquismo, sin posibilidades de conseguir alguno con la escritura. De no haber sido por los editores Joan Grijalbo y los hermanos Francisco y Manuel Martínez Roca, quizás hubiera tenido que recurrir de nuevo a la costura o a la limpieza. Ellos, comprometidos con el marxismo, favorecieron las colaboraciones de los intelectuales represaliados por la dictadura.
Como editores boyantes de obras comerciales, seguían un ritmo de producción acelerado, que hizo posible que, en el caso de Pàmies, tradujera para ellos diecinueve libros en siete años –casi tres por año. Tanto si eran novelas, como biografías, diarios o ensayos, aspiraban a llegar a un público muy amplio, como lo revelan las tiradas iniciales y las numerosas reediciones, hasta llegar al fenómeno global de Pregúntale a Alicia, de cuya versión castellana se vendieron un millón y medio de ejemplares (Llanas 2006: 109).
Ya fueran sometidos a «consulta voluntaria» o a «depósito previo» en el MIT, estos presumibles éxitos en lengua castellana eran severamente escrutados por los «lectores» y por los responsables del departamento correspondiente, conscientes de que las «rewritings, mainly translations, deeply affect the interpenetrations of literary systems» (Lefevere 1992: 38). Nunca dejaban de señalar, página por página, los vocablos y las expresiones que no encajaban con los gustos y la moral del régimen. En este sentido, desconfiaban de la «objetividad» de la traductora, a quien, conocedores de su trayectoria, tenían bien fichada por su actividad política y por sus obras originales.
En cuanto al contenido, los censores mostraban su extrema vigilancia, esencialmente, en dos asuntos: la política y el sexo. Así, transgredían en pasar obras que abordaran actuaciones comunistas extranjeras siempre que fuera desde un punto de vista crítico, claramente reprobable. Por lo que se refiere a las manifestaciones eróticas –y no digamos, pornográficas–, quizás todavía eran más intransigentes –e incoherentes–, como evidencia el análisis del expediente de Matrimonio abierto, de Nena & George O’Neill. En todo caso, su celo conseguía crear un clima de autocensura en todos los participantes en la producción del libro y, de un modo particular, en las traducciones, un tipo de reescritura que ofrecía una oportunidad idónea para mitigar y suavizar el fondo y la forma de un sinfín de obras. Por ello, se ha afirmado que «la autocensura […] tuvo mucha más importancia sobre la creación literaria que la misma censura» (Larraz 2014: 35-36).
El final de la dictadura no significó el fin de la censura, la cual, sorprendentemente, pervive hasta hoy día, dado que «molts llibres retallats s’han continuat reeditant sense canvis» [‘muchos libros recortados se han continuado reeditando sin cambios’] (Cornella-Detrell 2012: 46). De un modo cada vez más disipado, como poco más que un trámite administrativo, siguió oficialmente vigente hasta el 3 de agosto de 1984 (Godayol 2016: 49). Hasta entrados los ochenta, los «lectores» continuaban informando de cualquier texto que tuviera que pasar por la imprenta, a veces ante la impotencia de un sistema político-jurídico que ya no les avalaba como antaño, literalmente «desbordado por los protagonistas de la difusión de la cultura impresa» (Martínez 2011: 139). Desde dentro, la «transición» era vivida con ciertas contradicciones, enardecidas por la traducción de unos libros de apariencia tan «anodina» como los best sellers.
Appendices
Apéndice
Traducciones de Teresa Pàmies
Kollek, Amos (1972): No me pregunten si amo. Barcelona: Grijalbo.
Lynn, Jack (1972): El profesor. Los hijos de la mafia. Barcelona: Grijalbo.
Pàmies, Tomàs y Teresa (1972): Testamento en Praga. Barcelona: Destino.
Pregúntale a Alicia (1972): Barcelona: Martínez Roca.
Burke, John (1973): Buffalo Bill. El rostro pálido más noble. Barcelona: Grijalbo.
Caute, David (1973): Compañeros de viaje. Barcelona: Grijalbo.
Prior, Allan (1973): El contrato. Barcelona: Martínez Roca.
Balabanov, Angélica (1974): Mi vida de rebelde. Barcelona: Martínez Roca.
Montgomery Hide, H. (1974): Stalin. Historia de un dictador. Barcelona: Grijalbo.
O’neill, Nena & George (1974): Matrimonio abierto. Barcelona: Grijalbo.
Thomas, Jack (1974): Motín en el reformatorio. Barcelona: Martínez Roca.
Viladiu Vendrell, Francesc (1974): Andorra: cadena de evasión (1942-1944). Barcelona: Martínez Roca.
Bethell, Nicholas (1975): La guerra que Hitler ganó. Barcelona: Grijalbo.
Driscoll, Peter (1975): Contacto en Irlanda. Barcelona: Martínez Roca.
Fisher, Florrie (1975): Viaje de retorno. Barcelona: Martínez Roca.
Smith, Adam (1975): Supermoney. Barcelona: Grijalbo.
Kropp, Lloyd (1976): ¿Quién es Mary Stark? Barcelona: Martínez Roca.
Lee, Benjamin (1976): Un caso perdido. Barcelona: Martínez Roca.
Moravec, Frantisek (1977): Maestro de espías. Barcelona: Martínez Roca.
Beckman, Gunnel (1978): Un aborto para Mia. Barcelona: Martínez Roca.
Pàmies, Teresa (1981): Memoria de los muertos. Barcelona: Planeta.
— (1981): Vacaciones aragonesas. Saragossa: Ediciones de Heraldo de Aragón.
Obras citadas de Teresa Pàmies
Pàmies, Tomàs y Teresa (1971): Testament a Praga. Barcelona: Destino.
Pàmies, Teresa (1974a): Quan érem capitans. Memòries d’aquella guerra. Barcelona: Dopesa.
Pàmies, Teresa (1974b): Prólogo. In: Angélica Balabanov. Mi vida rebelde. Barcelona: Martínez Roca, 11-15.
Pàmies, Teresa (1975a): Gent del meu exili. Barcelona: Galba.
Pàmies, Teresa (1975b): Quan érem refugiats. Memòries d’un exili. Barcelona: Dopesa.
Pàmies, Teresa (1987): Praga. Barcelona: Destino.
Pàmies, Teresa (2003): Funeral per un agnòstic. In: Opinió inconformista. Barcelona: Ara Llibres, 193-194.
Pàmies, Teresa (2007): Ràdio Pirenaica. Escrits en llengua catalana de Radio España Independiente (1941-1977). Valls: Cossetània.
Pàmies, Teresa (2021): «M’agrada escriure, m’agrada rabiosament». Cartes (1938-2002). Ed. de Montserrat Bacardí. Barcelona: Institució de les Lletres Catalanes.
Notas
-
[1]
Entre muchos otros trabajos existentes sobre la actuación y el funcionamiento de la censura franquista en general y sobre los efectos de la censura franquista en la traducción, véase Beneyto (1975), Cisquella, Erviti y Sorolla (1977), Abellán (1980), Gallofré (1991), Torrealdai (1999 y 2019), Merino Álvarez (2007), Ruiz Bautista (2008), Dasilva (2009), Montejo Gurruchaga (2010), Bacardí (201. y 2013), Rojas Claros (2013), Larraz (2014), Godayol (2016), Vilardell (2016) Godayol y Taronna (2018) y Estany (2021).
-
[2]
Entre otros trabajos, véase Rabadán (2000), Camus y Gómez Castro (2008), Gómez Castro (2008), Camus Camus (2010), Gomez Castro (2014 y 2018).
-
[3]
Euskadi Ta Askatasuna (ETA, «País Vasco y Libertad» en euskera) y Frente Revolucionario Antifascista y Patriota (FRAP), organizaciones terroristas antifranquistas.
-
[4]
Archivo General de la Administración (AGA), Sección de Cultura (SC), caja, 73/04927, expediente 4297-75. Informe del lector Francisco Fernández Jardón, 10-IV-1975.
-
[5]
AGA, SC, caja 73/05223, expediente 13796-75. Informe del lector Francisco Fernández Jardón, 17-XII-1975.
-
[6]
AGA, SC, caja 73/05483, expediente 5417-76. Informe del lector núm. 20, 12-V-1976.
-
[7]
AGA, SC, caja 73/02452, expediente 12337-72. Título con el que finalmente apareció el libro, después de que hubieran sido prohibidos los dos anteriores: La España errante y La España que se fue.
-
[8]
AGA, SC, caja 73/01159, expediente 8713-71. Informe del lector Alfonso Álvarez Villar, 26-IX-1971.
-
[9]
AGA, SC, caja 73/02317, expediente 10614-72. Informe del lector núm. 6, Martos, 4-X-1972.
-
[10]
AGA, SC, caja 73/01324, expediente 10921-71. Informe del lector Vicente Belloch Marques, 29-XI-1971.
-
[11]
AGA, SC, caja 73/06645, expediente 7143-78. Informe del lector núm. 7, 22-VI-1978.
-
[12]
AGA, SC, caja 73/02629, expediente 14754-72. Informe del lector núm. 33, Pedro Rodríguez Martínez, 9-I-1972.
-
[13]
AGA, SC, caja 73/02317, expediente 10614-72. Informe del lector núm. 6, Martos, 4-X-1972.
-
[14]
AGA, SC, caja 73/02584, expediente 14063-72. Informe del lector núm. 66, 6-XII-1972.
-
[15]
AGA, SC, caja 73/06645, expediente 7143-78. Informe del lector núm. 7, 22-VI-1978.
-
[16]
AGA, SC, caja 73/02217, expediente 9421-72. «Nota informativa sobre Matrimonio sin trabas, de Nena y George O’Neill», 12-IV-1973.
-
[17]
AGA, SC, caja 73/02217. expediente 9421-72. Informe del lector núm. 12, Fernández Revuelta, 12-IX-1972.
-
[18]
AGA, SC, caja 73/02217, expediente 9421-72. Informe del lector núm. 2, Morán, 30-IX-1972.
-
[19]
AGA, SC, caja 73/02217, expediente 9421-72. Informe del lector núm. 43, Eguiluz, 22-IX-1972.
-
[20]
AGA, SC, caja 73/02217, expediente 9421-72. Carta de Eduardo Arce a Faustino Sánchez Marín, Barcelona, 6-III-1973.
-
[21]
AGA, SC, caja 73/02217, expediente 9421-72. «Nota informativa sobre Matrimonio sin trabas, de Nena y George O’Neill», 12-IV-1973.
-
[22]
AGA, SC, caja 73/02217, expediente 9421-72. Informe del lector núm. 15, 31-III-1973.
-
[23]
AGA, SC, caja 73/02217, expediente 9421-72. Informe del lector núm. 13, Francisco Fernández Jardón, 14-VI-1974.
Bibliografía
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